Contra la caricatura: notas críticas sobre los impugnadores contemporáneos de Keynes y La teoría general

 

Contra la caricatura: notas críticas sobre los impugnadores contemporáneos de Keynes y La teoría general

PosDr. Darío Ezequiel Díaz

En los últimos años ha proliferado un género polémico que aspira a desmantelar, de un solo golpe retórico, la totalidad del legado de John Maynard Keynes. Sus exponentes suelen presentar La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (Keynes, 1936/2003) como un panfleto al servicio de gobiernos corruptos, una pieza ideológica afín al totalitarismo o un artefacto intelectual responsable de los principales desajustes macroeconómicos del siglo XX. La operación combina indignación moral, sarcasmo biográfico y una nostalgia idealizada del marco wickselliano-austríaco, todo ello envuelto en una prosa contundente que opera mejor como pieza de combate cultural que como ejercicio de análisis económico.

El propósito de estas notas no radica en defender a Keynes con devoción retrospectiva. La disciplina dispone de críticas rigurosas, sofisticadas y persistentes hacia La teoría general, formuladas desde tradiciones tan diversas como la austríaca (Hayek, 1931; Garrison, 2001), la monetarista (Friedman, 1968), la nuevo-clásica (Lucas, 1976), la poskeynesiana (Davidson, 1972; Minsky, 1975) e incluso desde el propio interior del pensamiento keynesiano (Leijonhufvud, 1968). Tal debate enriquece la disciplina. Lo aquí cuestionado pertenece a otro registro: la conversión de una controversia teórica en una imputación moral totalizante, procedimiento que oscurece más de lo que ilumina y que termina debilitando incluso aquellas objeciones legítimas que sus practicantes aspiran a esgrimir.

Una primera dificultad de las polémicas antikeynesianas más estridentes consiste en sustituir la argumentación por la descalificación. Antes de discutir la arquitectura conceptual de La teoría general, sus impugnadores suelen desacreditar moralmente al autor: Keynes aparece caracterizado como creador de una "obra del mal", de un "panfleto" cuyo propósito habría sido legitimar el saqueo fiscal y monetario, o como artífice de un instrumento al servicio de una clase política rapaz. La cuestión no reside en la aspereza del tono (la controversia económica nunca ha sido un terreno apacible), sino en el hecho de que tales juicios no sustituyen una demostración.

Una crítica académica de Keynes debería precisar, como mínimo, qué proposiciones de La teoría general resultan falsas, bajo qué supuestos alternativos dejan de cumplirse, qué evidencia histórica o econométrica contradice sus implicancias, qué modelo rival explica mejor el desempleo, la inversión, los ciclos, los precios y la tasa de interés, y qué consecuencias normativas se derivan de cada marco analítico. La polémica de baja intensidad procede de otro modo: mediante imputaciones de intención. Keynes no habría cometido errores teóricos sino que habría fabricado deliberadamente un dispositivo intelectual destinado a legitimar la indisciplina fiscal. Tal conversión de la controversia teórica en imputación moral empobrece el debate. En historia del pensamiento económico, las motivaciones políticas importan; pero, como advirtió Schumpeter (1954), una teoría se evalúa por su coherencia interna, su capacidad explicativa, su robustez empírica y su fecundidad heurística, no por el grado de simpatía que despierte la biografía de su autor.

Entre las afirmaciones más graves del repertorio antikeynesiano figura la idea de que Keynes, en el prólogo de la edición alemana de La teoría general (1936), habría despreciado al liberalismo y rendido tributo al totalitarismo nazi. Esta acusación requiere extrema prudencia, porque desplaza la discusión desde el plano teórico hacia el de la imputación política directa.

El pasaje habitualmente citado del prólogo alemán señala que una teoría de la producción y el empleo en su conjunto podría hallar "menos resistencia" entre lectores alemanes que entre lectores ingleses, precisamente por apartarse de la tradición ortodoxa anglosajona (Keynes, 1936/2003, prólogo a la edición alemana). Ahora bien, de tal frase no se desprende adhesión alguna al régimen nacionalsocialista. La literatura especializada ha discutido extensamente la cuestión y arribado a conclusiones muy distintas a la versión panfletaria. Schefold (1980), tras un análisis filológico riguroso, sostuvo que Keynes afirmaba la aplicabilidad de su marco analítico a economías con fuerte intervención estatal, sin ello implicar simpatía normativa hacia el régimen nazi. Skidelsky (1992), en su biografía intelectual de Keynes, reconstruyó el contexto editorial y descartó imputaciones de complicidad ideológica. Investigaciones posteriores sobre la edición alemana han concluido que las acusaciones de simpatías nazis o de indiferencia frente al régimen deben rechazarse, además de subrayar problemas de traducción y mediación editorial (Hagemann, 2009).

La operación retórica subyacente incurre, además, en una falacia de asociación. Que una teoría macroeconómica pueda aplicarse en sistemas institucionales heterogéneos no implica adhesión moral hacia ninguno de ellos. La teoría cuantitativa del dinero ha sido empleada en democracias liberales, autocracias y regímenes militares; nadie infiere de ello que Fisher o Friedman simpatizaran con cualquier gobierno que la utilizara. La econometría de series temporales se aplica en bancos centrales independientes y en ministerios autoritarios por igual. Si el criterio consistiera en imputar a una teoría la moralidad de la totalidad de sus posibles usuarios, ninguna construcción analítica quedaría indemne. Como recordó Hirschman (1991) en su estudio sobre las retóricas reaccionarias, la maniobra de cancelar una idea por las afinidades ideológicas atribuidas a alguno de sus usos pertenece más al repertorio de la deslegitimación política que al del análisis riguroso.

Otro topos recurrente sostiene que nazismo, fascismo y comunismo constituyen "variantes del mismo tema" (colectivismo, estatismo) y coloca a Keynes dentro de tal campo por afinidad analítica o política. El procedimiento reduce tradiciones políticas heterogéneas a una sola categoría moral. Desde una perspectiva histórico-institucional, semejante equivalencia resulta demasiado gruesa.

Keynes no fue marxista, ni fascista, ni planificador central al estilo soviético. Su trayectoria intelectual y política lo ubica como un liberal reformista, crítico del laissez-faire decimonónico desde The End of Laissez-Faire (Keynes, 1926), partidario de preservar las instituciones capitalistas mediante estabilización macroeconómica, regulación financiera y política fiscal contracíclica (Skidelsky, 2009). Su preocupación medular no apuntaba a abolir la propiedad privada de los medios de producción, sino a evitar que economías monetarias capitalistas quedaran atrapadas en equilibrios con desempleo persistente. Aun cuando se considere que subestimó los riesgos asociados a la discrecionalidad estatal, la captura política, la inflación o la irresponsabilidad fiscal, tales objeciones no autorizan a fusionarlo con Lange, Marx, Mussolini o Hitler.

Existe una diferencia categorial irreductible entre planificación central integral, corporativismo fascista, socialismo de mercado, Estado de bienestar, política fiscal contracíclica, banca central moderna y estabilizadores automáticos. Borrar tales distinciones no aclara: oscurece. En términos metodológicos, una crítica que destruye categorías intermedias termina volviéndose incapaz de discriminar entre fenómenos reales. Como observó Sartori (1970) respecto al uso de conceptos en ciencias sociales, la "estiramiento conceptual" (conceptual stretching) compromete la validez analítica al incluir bajo una misma rúbrica casos sustantivamente disímiles.

Las polémicas antikeynesianas suelen contraponer un marco prekeynesiano supuestamente puro (wickselliano, intertemporal, microfundamentado) con una macroeconomía keynesiana caracterizada como rudimentaria, estática y destructora del análisis económico. La comparación contiene una intuición valiosa, pero la desarrolla de modo unilateral.

Resulta indudable que Wicksell (1898/1936) ocupa un lugar central en la teoría monetaria del interés, en la distinción entre tasa natural y tasa monetaria y en el análisis acumulativo de desequilibrios de precios. La tradición austríaca, particularmente en Mises (1912/1953) y Hayek (1931, 1941), profundizó la estructura temporal del capital, la coordinación intertemporal y los efectos distorsivos de tasas artificialmente bajas. Esa familia de problemas merece atención sostenida y, de hecho, ha sido reincorporada en versiones contemporáneas de la macroeconomía del capital (Garrison, 2001).

El salto argumental, sin embargo, resulta indebido. De reconocer la importancia de Wicksell se transita hacia la afirmación, considerablemente más fuerte, según la cual Keynes habría "destruido" la intertemporalidad y la teoría subjetiva del valor. La macroeconomía keynesiana no niega la existencia de decisiones intertemporales. Lo que sostiene es que, en una economía monetaria con incertidumbre radical, expectativas cambiantes, rigideces nominales, fallas de coordinación y preferencia por liquidez, no existe garantía de que los mecanismos de precios conduzcan rápidamente al pleno empleo (Keynes, 1936/2003, capítulos 12 y 17).

La diferencia profunda no consiste en que Keynes hubiese ignorado el tiempo. Su tesis era otra: el futuro no opera como un conjunto de estados probabilísticos plenamente conocidos sobre los cuales agentes representativos optimizan suavemente. En un artículo posterior frecuentemente citado, Keynes (1937) precisó esta distinción epistemológica entre riesgo (probabilidades calculables) e incertidumbre genuina, retomando elementos de su Treatise on Probability (Keynes, 1921). Las expectativas, la confianza, la incertidumbre y la liquidez no funcionan en La teoría general como adornos psicológicos, sino como piezas constitutivas de una economía monetaria, lectura que han subrayado autores tan disímiles como Shackle (1967), Davidson (1972) y Leijonhufvud (1968).

La objeción austríaca puede formularse con elegancia: Keynes debilitó la teoría del capital y trató la inversión agregada de modo excesivamente compacto. Tal observación merece discusión seria. Convertirla, sin embargo, en la afirmación de que "Keynes no entendía economía porque cursó únicamente un seminario con Marshall" pertenece al género del sarcasmo biográfico, no al del análisis científico. Vale recordar, por lo demás, que esa lectura biográfica resulta dudosa: Keynes había sido formado en el círculo intelectual marshalliano de Cambridge, había publicado sobre teoría monetaria desde 1913 con Indian Currency and Finance y había producido el voluminoso Treatise on Money (Keynes, 1930) antes de La teoría general.

Un núcleo argumental habitual de las polémicas antikeynesianas acusa a Keynes de haber impuesto la creencia errónea de que la tasa de interés constituye el precio del dinero. Según esta lectura, la tasa real de interés existe por la mera existencia del tiempo y coordina ahorro e inversión aun en ausencia de dinero. Aquí conviene introducir distinciones que la polémica suele eludir.

En teoría intertemporal real, la tasa de interés puede interpretarse, ciertamente, como precio relativo entre consumo presente y consumo futuro. Tal afirmación resulta correcta dentro de modelos reales de asignación intertemporal, desde Fisher (1930) hasta los modelos neoclásicos de crecimiento (Ramsey, 1928; Cass, 1965). Pero Keynes no negó simplemente la dimensión intertemporal del interés. Su crítica apuntaba a otra cuestión: en una economía monetaria, la tasa de interés observada no surge únicamente de la productividad marginal del capital y la preferencia temporal; depende también de la demanda de liquidez, de las expectativas sobre tasas futuras, de la incertidumbre y de la oferta de dinero (Keynes, 1936/2003, capítulos 13-17).

La teoría keynesiana del interés no afirma trivialmente que el interés equivalga al "precio del dinero" en el sentido vulgar de precio de una mercancía. Lo que sostiene, con mayor sutileza, es que la tasa de interés recompensa la renuncia a la liquidez (no la espera en abstracto). Tal proposición admite discusión, y de hecho fue discutida con profundidad por Hicks (1937, 1939), Robertson (1940), Hayek (1941), Patinkin (1956), Tobin (1958), Modigliani (1944), Leijonhufvud (1968) y, más recientemente, por las distintas variantes nuevo-keynesianas (Woodford, 2003). No se refuta, en cambio, mediante la analogía de que "nadie determina el precio de las sandías en el mercado de peras". Esa imagen no captura la naturaleza de los activos financieros: la tasa de interés no aparece como precio spot de una fruta, sino como relación entre dinero, bonos, liquidez, expectativas y estructura temporal de rendimientos.

En economías modernas, los bancos centrales, los mercados de bonos, la intermediación financiera, el riesgo, la duración y las expectativas inflacionarias configuran tasas nominales y reales. La crítica panfletaria resulta demasiado elemental frente al objeto que pretende impugnar. Adicionalmente, la macroeconomía posterior no quedó congelada en el Keynes de 1936. Los modelos IS-LM (Hicks, 1937; Modigliani, 1944), la síntesis neoclásica (Samuelson, 1955), el monetarismo (Friedman, 1968), los modelos de generaciones superpuestas (Diamond, 1965), los modelos de ciclos reales (Kydland & Prescott, 1982), los DSGE nuevo-keynesianos (Smets & Wouters, 2007), los modelos de búsqueda y emparejamiento (Mortensen & Pissarides, 1994) y la macrofinanza contemporánea (Brunnermeier & Sannikov, 2014) reincorporaron intertemporalidad con grados variables de sofisticación. Afirmar que Keynes "distrajo al análisis económico durante 37 años" supone ignorar buena parte del desarrollo de la disciplina.

Otra acusación recurrente atribuye a Keynes la sustitución de un consumo intertemporal por una función "precaria" dependiente exclusivamente del ingreso, omitiendo precios presentes y futuros, lo que revelaría (se afirma) su insolvencia técnica. La crítica mezcla dos planos que conviene separar.

Desde la perspectiva de la microfundamentación contemporánea, la función consumo keynesiana resulta, en efecto, incompleta. No incorpora explícitamente expectativas, riqueza, tasas de interés, restricciones de liquidez, incertidumbre idiosincrática ni heterogeneidad de hogares. La literatura posterior lo demostró con claridad: la hipótesis del ingreso relativo de Duesenberry (1949), la hipótesis del ciclo de vida de Modigliani y Brumberg (1954), la hipótesis del ingreso permanente de Friedman (1957), las versiones con expectativas racionales de Hall (1978), los desarrollos de Deaton (1992) y Carroll (1997) sobre comportamiento ahorrador bajo incertidumbre, y los modelos contemporáneos de agentes heterogéneos (HANK) (Kaplan, Moll & Violante, 2018) ampliaron sustancialmente el horizonte analítico.

Ahora bien, de ahí no se deriva que la función keynesiana original carezca de valor analítico. Keynes no pretendía construir una teoría completa del consumidor intertemporal. Aspiraba a explicar por qué, en el corto plazo, las variaciones del ingreso agregado podían generar variaciones amplificadas del producto y del empleo cuando subsistían recursos ociosos. La función consumo cumplía una función macrodinámica específica: articular demanda efectiva, propensión marginal a consumir y multiplicador (Kahn, 1931; Keynes, 1936/2003, capítulos 8-10).

En economía, la abstracción no constituye pecado metodológico por sí misma. Todo modelo omite. La pregunta pertinente no consiste en si omite, sino en si omite lo irrelevante para el problema tratado o si descarta variables decisivas. Un modelo de equilibrio general walrasiano omite, en su forma canónica, el desempleo involuntario; un modelo austríaco simple con triángulo de Hayek prescinde de heterogeneidad financiera, restricciones nominales y múltiples activos; un modelo de ciclos reales básico abstrae con frecuencia la moneda. Nadie concluye razonablemente, por tales omisiones, que se trate de "panfletos". Como recordó Friedman (1953) en su célebre ensayo metodológico, el realismo descriptivo de los supuestos no constituye criterio último de evaluación; la capacidad predictiva sí lo hace. La función consumo keynesiana puede criticarse, pero acusarla de "destruir la teoría subjetiva del valor" exagera notoriamente. Keynes opera en un nivel agregado, con categorías macroeconómicas; la agregación genera problemas (y los genera, ciertamente), mas no equivale a negar el subjetivismo marginalista en el plano microeconómico.

Las polémicas antikeynesianas suelen ridiculizar los animal spirits como una forma "elegante" de borrar la tasa de interés de la decisión de invertir y declararla autónoma. La caricatura simplifica nuevamente.

En Keynes, la inversión depende conjuntamente de la eficiencia marginal del capital y de la tasa de interés; ahora bien, esa eficiencia marginal descansa sobre expectativas de rendimientos futuros (Keynes, 1936/2003, capítulo 11). Cuando el futuro es incierto (no meramente riesgoso, en el sentido frankniano (Knight, 1921)), tales expectativas no pueden reducirse a un cálculo probabilístico objetivo. Convenciones, confianza, episodios de pánico y euforia, y colapsos de expectativas influyen, entonces, sobre las decisiones empresariales.

Denominar a tales fenómenos animal spirits no elimina la economía: introduce un problema que la teoría neoclásica más rígida tendía a subestimar, a saber, que la inversión no responde mecánicamente a la tasa de interés. En crisis financieras profundas, aun bajo tasas exiguas, empresas y hogares pueden no invertir ni endeudarse si anticipan una caída de ventas, deterioro patrimonial o inestabilidad institucional. La experiencia de las trampas de liquidez, las crisis bancarias y las recesiones con desapalancamiento muestra que el canal de la tasa puede debilitarse considerablemente (Koo, 2008; Eggertsson & Krugman, 2012; Mian & Sufi, 2014).

La crítica válida, en cambio, sería la siguiente: Keynes no formalizó suficientemente la formación de expectativas. La objeción posee peso (Lucas, 1976) y motivó buena parte de la revolución de las expectativas racionales. Sin embargo, las polémicas que aquí se examinan no la explotan analíticamente: prefieren caricaturizar. En términos contemporáneos, numerosas corrientes (finanzas conductuales (Shiller, 2000; Akerlof & Shiller, 2009), macrofinanzas, modelos de información imperfecta y aprendizaje (Sargent, 1993; Evans & Honkapohja, 2001)) reconocen que expectativas, confianza y coordinación importan decisivamente. En ese sentido, Keynes no clausuró un problema: lo abrió.

Un golpe aparentemente decisivo en estas polémicas afirma que constituye un "absoluto disparate" adjudicar a La teoría general la salida de la Gran Depresión, dado que la contracción habría transcurrido entre 1929 y 1933, mientras que el libro se publicó en 1936. La objeción parece contundente, pero ataca una tesis que ningún keynesiano serio formularía en esos términos.

Nadie necesita afirmar que La teoría general causó retrospectivamente la recuperación iniciada antes de su publicación. Una distinción elemental separa la teoría como explicación posterior y la teoría como causa histórica de políticas previas. El hecho de que Newton publicara los Principia después de muchos movimientos planetarios no invalida la mecánica celeste; el hecho de que Friedman y Schwartz (1963) publicaran A Monetary History of the United States décadas después de la Gran Depresión no impide que su interpretación monetaria explique los sucesos de 1929-1933.

La cronología misma de la depresión, además, no se reduce a "terminó en 1933". La recuperación se inició efectivamente ese año, pero sufrió una recaída severa en 1937-1938 que la Reserva Federal documenta como recesión ocurrida en plena recuperación de la depresión, recuperación que sólo culminó durante la Segunda Guerra Mundial (Federal Reserve History, s.f.; Velde, 2009). Los trabajos sobre el papel del régimen de política económica en la recuperación (el cambio de régimen de Roosevelt, el abandono del patrón oro, la política fiscal expansiva) aportan elementos sustantivos: Romer (1992) atribuye la recuperación principalmente a la expansión monetaria; Eggertsson (2008) modela el cambio de régimen de expectativas como factor decisivo; Temin y Wigmore (1990) analizan el quiebre estructural de 1933.

El argumento correcto resulta más matizado: La teoría general no "sacó" a Estados Unidos de la depresión en 1933, pero ofreció una interpretación de por qué una economía podía permanecer deprimida con desempleo masivo y por qué la política fiscal y monetaria podían influir sobre producto y empleo. Tal proposición admite discusión sustantiva. Lo que no resulta admisible consiste en tratar la fecha de publicación como si refutara la teoría: confundir cronología con lógica explicativa.

Las polémicas antikeynesianas atribuyen al keynesianismo una legitimación de "todo tipo de estropicio monetario" y lo asocian con inflación creciente y populismo fiscal. La crítica toca un punto real, pero lo deforma.

Resulta cierto que versiones vulgares del keynesianismo han sido invocadas para justificar déficits permanentes, gasto improductivo, manipulación monetaria y negación de restricciones presupuestarias. América Latina ofrece abundantes ejemplos de políticas que, invocando empleo, desarrollo o demanda agregada, derivaron en inflación elevada, represión financiera, atraso cambiario, crisis de balanza de pagos y deterioro distributivo (Dornbusch & Edwards, 1991). Sería ingenuo negar tales riesgos.

Pero confundir usos políticos espurios con el núcleo analítico keynesiano constituye una falacia identificable. Keynes nunca defendió la emisión ilimitada en cualquier circunstancia; advirtió tempranamente sobre los peligros de la inflación en The Economic Consequences of the Peace (Keynes, 1919) y en A Tract on Monetary Reform (Keynes, 1923). Su argumento principal apuntaba a contextos de insuficiencia de demanda efectiva, capacidad ociosa y desempleo involuntario. En una economía cercana al pleno empleo, un estímulo fiscal o monetario excesivo presiona precios, tasas, sector externo o expectativas: la propia Teoría general contempla el "punto de pleno empleo" como umbral a partir del cual la expansión nominal se traduce íntegramente en inflación (Keynes, 1936/2003, capítulo 21).

El desarrollo posterior de la macroeconomía incorporó curvas de Phillips aumentadas por expectativas (Phelps, 1967; Friedman, 1968), reglas de política monetaria (Taylor, 1993), independencia de bancos centrales (Rogoff, 1985), metas de inflación (Bernanke, Laubach, Mishkin & Posen, 1999) y restricciones fiscales intertemporales (Sargent & Wallace, 1981). Ningún keynesianismo sofisticado afirma que el gasto público "paga todo". La cuestión relevante no consiste en si el Estado puede violar indefinidamente su restricción presupuestaria (no puede), sino en cuándo una expansión fiscal contracíclica eleva producto y empleo con costos inflacionarios moderados, y cuándo degenera en dominancia fiscal (Leeper, 1991). El polemista elige el adversario más débil (el keynesianismo vulgar) y lo atribuye a Keynes como si no mediara distinción alguna entre teoría, manual, política pública y demagogia.

Una observación frecuente sostiene que Keynes habría retomado una "suerte de teoría del valor trabajo" y determinado los precios como mark-up sobre los salarios. La acusación amalgama tradición clásica, teoría de precios administrados y análisis macroeconómico de costos.

La idea de que los precios respondan a costos salariales unitarios, márgenes y productividad no equivale a adoptar una teoría marxiana o ricardiana del valor trabajo. En macroeconomía aplicada, el vínculo entre salarios nominales, productividad, márgenes empresariales y precios resulta habitual desde Kalecki (1954). Los modelos nuevo-keynesianos contemporáneos formulan precios mediante empresas con poder de mercado y rigideces nominales (Calvo pricing (Calvo, 1983), modelos de menú de costos (Mankiw, 1985), modelos de información rígida (Mankiw & Reis, 2002)); los márgenes aparecen endógena o exógenamente, sin que ello implique adhesión a la teoría laboral del valor.

El enfoque de mark-up tampoco elimina la demanda ni la escasez. En mercados imperfectamente competitivos, las firmas fijan precios considerando costos marginales, elasticidades, competencia, expectativas y condiciones de demanda. Reducir esa amplia tradición a "Keynes regresó al valor trabajo" constituye una etiqueta retórica más que una reconstrucción fiel. Conviene, no obstante, conceder algo: La teoría general no ofrece una teoría microeconómica completa de la formación de precios; su tratamiento de precios y salarios presenta ambigüedades y tensiones que la literatura post-keynesiana y nuevo-keynesiana ha debido elaborar (Mankiw & Romer, 1991). La polémica panfletaria, sin embargo, no aprovecha esas tensiones con precisión analítica: las transforma en acusación ideológica.

Algunos impugnadores invocan el silencio de Hayek frente a La teoría general como prueba de que la obra no merecía atención teórica. La afirmación resulta históricamente discutible.

La literatura sobre la controversia Keynes-Hayek ofrece explicaciones más complejas. Caldwell (1995, 1998), editor de las obras completas de Hayek, ha sostenido que éste no reseñó La teoría general porque se hallaba absorbido por el desarrollo de su propia teoría del capital (que culminaría en The Pure Theory of Capital (Hayek, 1941)) y porque el debate previo sobre el Treatise on Money (Keynes, 1930) había sido costoso e inconcluso. Hayek mismo lamentó posteriormente no haber confrontado de modo directo la obra de Keynes (Hayek, 1995). Por tanto, presentar el silencio hayekiano como evidencia de la irrelevancia del libro invierte la evidencia histórica disponible: si Hayek lamentó no haber respondido, ello sugiere que reconocía la importancia estratégica e intelectual de la obra, aun considerándola equivocada.

La hipótesis más plausible, en consecuencia, no consiste en que La teoría general fuera irrelevante, sino en que alteró el campo de disputa macroeconómica y obligó a sus adversarios a reformular argumentos. La economía posterior no enterró ni a Hayek ni a Keynes: absorbió elementos, rechazó otros, reinterpretó conceptos y abrió nuevas síntesis (Hicks, 1967; Leijonhufvud, 1981; Snowdon & Vane, 2005). La historia intelectual rara vez obedece a la dramaturgia simplificada de héroes y villanos.

Una crítica rigurosa debería separar al menos cuatro objetos: a Keynes como autor histórico; a La teoría general como libro de 1936; al keynesianismo académico posterior en sus múltiples variantes; y a las políticas públicas aplicadas en nombre de Keynes a lo largo del siglo XX. Las polémicas antikeynesianas más estridentes fusionan los cuatro. Cualquier déficit irresponsable, emisión inflacionaria, expansión clientelar del gasto o manipulación monetaria aparece, así, como consecuencia directa de Keynes. Tal procedimiento no resiste estándares mínimos de causalidad histórica.

La inflación latinoamericana de posguerra, por ejemplo, no admite explicación seria como "culpa de Keynes". Intervienen estructura productiva, restricción externa, puja distributiva, dominancia fiscal, financiamiento monetario del déficit, indexación, regímenes cambiarios, deuda externa, expectativas adaptativas, shocks de términos de intercambio, conflictos políticos y debilidad institucional (Cardoso & Helwege, 1992; Heymann & Leijonhufvud, 1995; Frenkel & Rapetti, 2010). Cargar todo ese proceso multicausal sobre un único libro de 1936 equivale a transformar un fenómeno histórico complejo en panfleto monocausal.

Las políticas de estabilización contracíclica, asimismo, no resultan idénticas al populismo fiscal. Existen estabilizadores automáticos, seguros de desempleo, inversión pública anticíclica, reglas fiscales estructurales, fondos soberanos, bancos centrales creíbles y marcos macroprudenciales (Blanchard, Dell'Ariccia & Mauro, 2010; IMF, 2013). Un país puede aplicar políticas keynesianas moderadas sin caer en inflación crónica; también puede adoptar retórica liberal y derivar en crisis financiera si ignora la fragilidad bancaria, el endeudamiento externo o los descalces de moneda, como ha mostrado profusamente la historia financiera reciente (Reinhart & Rogoff, 2009).

La preocupación por la restricción presupuestaria intertemporal resulta legítima y, a la luz de la experiencia argentina y latinoamericana, urgente. Tal preocupación, sin embargo, no requiere construir una falsa alternativa entre Wicksell-Hayek-mercado puro, por un lado, y Keynes-populismo-totalitarismo, por el otro. La economía real exige una taxonomía bastante menos rudimentaria.

Lo que una crítica rigurosa a Keynes sí podría sostener

El modo más persuasivo de impugnar las polémicas panfletarias consiste en mostrar que existen críticas considerablemente mejores a Keynes que las que aquéllas formulan. Una impugnación sofisticada podría sostener, entre otras cosas, que La teoría general subestima la heterogeneidad del capital y las distorsiones intertemporales provocadas por tasas artificialmente bajas (Hayek, 1941; Garrison, 2001); que la función consumo original carece de fundamentos microeconómicos intertemporales sólidos (Friedman, 1957; Hall, 1978); que la inversión agregada keynesiana no captura adecuadamente composición sectorial, estructura temporal, expectativas heterogéneas ni irreversibilidad (Dixit & Pindyck, 1994); que el multiplicador fiscal depende crucialmente del régimen monetario, la apertura externa, el tipo de cambio, la credibilidad, el estado del ciclo, el financiamiento, la composición del gasto y la respuesta de expectativas (Ramey, 2011; Auerbach & Gorodnichenko, 2012); que el keynesianismo hidráulico de posguerra tendió a sobredimensionar la posibilidad de estabilización fina (Lucas, 1976); que la estanflación de los años setenta reveló límites importantes de versiones ingenuas de la curva de Phillips (Phelps, 1967; Friedman, 1968); que la política fiscal discrecional enfrenta rezagos, captura distributiva, sesgo deficitario y problemas de economía política (Buchanan & Wagner, 1977; Alesina & Tabellini, 1990); y que una macroeconomía sin restricción presupuestaria intertemporal explícita resulta especialmente peligrosa en países con baja credibilidad fiscal y monetaria (Sargent & Wallace, 1981; Kehoe & Nicolini, 2022).

Estas objeciones no necesitan calificar a Keynes como "maligno" para resultar contundentes. Atacan supuestos, mecanismos, predicciones e implicancias. Las polémicas examinadas en este artículo, en cambio, debilitan su propia posición al envolver algunas intuiciones atendibles en una retórica de guerra cultural.

La contribución de Keynes puede sintetizarse en una cuestión que la teoría clásica no resolvía satisfactoriamente: ¿puede una economía monetaria descentralizada permanecer durante un período prolongado con desempleo involuntario, aun cuando existan trabajadores dispuestos a emplearse y capacidad productiva ociosa? La respuesta keynesiana fue afirmativa, y abrió un haz de problemas decisivos: insuficiencia de demanda efectiva, fallas de coordinación, incertidumbre no reducible a riesgo calculable, preferencia por liquidez, rigideces nominales y reales, fragilidad de expectativas, papel macroeconómico del gasto autónomo, posibilidad de equilibrios múltiples con desempleo persistente.

Cabe rechazar partes de tal respuesta (y la disciplina lo ha hecho de modos variados). No cabe, en cambio, negar que las preguntas eran y siguen siendo relevantes. La Gran Depresión, las crisis financieras del siglo XX, la trampa de liquidez japonesa de los noventa, la crisis financiera global de 2008 y la pandemia de 2020 han mostrado, una y otra vez, que las economías pueden sufrir colapsos de demanda, dislocaciones financieras y persistencia del desempleo (Krugman, 2009; Reinhart & Rogoff, 2009; Bernanke, 2015). Frente a tales episodios, afirmar que la tasa de interés real coordina por sí sola ahorro e inversión no resulta suficiente. La coordinación intertemporal importa, desde luego; la coordinación macroeconómica bajo incertidumbre monetaria también.

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Las polémicas contemporáneas que pretenden destruir a Keynes mediante el insulto y la imputación moral terminan revelando sus propias debilidades. Su estructura argumentativa incurre en al menos siete fallas mayores: reemplaza la argumentación por la descalificación moral; atribuye simpatías totalitarias mediante una lectura forzada del prólogo alemán; confunde aplicabilidad de una teoría con adhesión política a sus posibles usuarios; idealiza el marco wickselliano y austríaco sin reconocer sus propias limitaciones; caricaturiza la teoría keynesiana del interés, el consumo y la inversión; emplea inadecuadamente la cronología de la Gran Depresión; y fusiona, en una sola figura enemiga, a Keynes, al keynesianismo vulgar y al populismo fiscal.

La economía no necesita canonizar a Keynes. Tampoco conviene convertirlo en chivo expiatorio del conjunto de los males fiscales y monetarios del siglo XX. La teoría general es una obra difícil, irregular, brillante en algunas intuiciones, ambigua en numerosos pasajes, insuficiente en sus microfundamentos y extraordinariamente influyente. Su legado debe discutirse con severidad analítica, no con superstición ideológica invertida.

La verdadera refutación de Keynes, si alguna vez pudiera completarse, no provendrá de acusarlo de maligno. Tendrá que mostrar, en cambio, que una teoría alternativa explica mejor el desempleo masivo, los ciclos económicos, la dinámica de la inversión, el papel del dinero, la formación de expectativas, las crisis financieras, la inflación, los efectos de la política fiscal y la coordinación intertemporal. Mientras esa tarea no se realice con honestidad metodológica, atacar a Keynes con epítetos confirma sólo una cosa: el polemista puede detestar La teoría general, mas no por ello la ha comprendido.

Referencias

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